Tragando semen »
Noche de acampada y sexo
Llevábamos varias semanas discutiendo todo el grupo sobre el lugar donde nos iríamos de vacaciones y al final decidimos ir de acampada a un monte cercano a la urbanización donde veraneábamos.
Una vez en el monte me di cuenta de que se me había olvidado el saco de dormir, pero tuve suerte y Santi se ofreció a dejarme el suyo, que él ya se apañaría como fuera. Cuando llegó la hora de repartirnos las tiendas a mí me tocó compartirla con Ana, Jaime y Santi; no sabía porque, pero sentí una sensación extraña en mi estomago al saber que la compartiría con él, con Santi…
A mitad de la noche una sensación asaltó mi sueño y laceró mi cuerpo: el leve y suave roce de unas manos separando mi pijama y acariciando dulcemente mis senos, me excitaron totalmente. En un acto reflejo uní mis muslos para retener aquel placer que se apoderaba de mi cuerpo y de mi mente. Permanecía entre el sueño y la realidad cuando percibí aquella caricia húmeda sobre mis senos y me dejé arrastrar por ésta con voluptuosidad: acerqué, instintivamente mis manos hasta mi pubis para sentir con mayor fuerza aquella excitación y fue así como hallé el cuerpo de Santi situándose sobre el mío. El contacto con su piel y el sonido de su voz sobre mi oído, diciéndome: “Tranquila, nena, no tengas miedo, soy yo; no puedo dormir… te deseo demasiado y hace demasiado frío fuera de tu cuerpo…”- me despertaron por completo, pero lejos de renunciar a aquella experiencia, me entregué a ésta sin resistencia alguna. Aquella penumbra, aquel “asalto”, en mitad de la noche, hacia que el momento fuera, todavía, más excitante. Noté la desnudez de su cuerpo sobre mí y mi razón se nubló. Sus manos me desnudaron con avidez y cuando su pubis y el mío se entremezclaron en aquella leve caricia, suave, pero intensa, u gemido, un jadeo, suspiro profundo, llenó la oscuridad de la noche y elevó la temperatura de nuestros cuerpos. Tras esa caricia leve, sentí un contacto más contundente: era su sexo erecto que se clavaba, con firmeza, sobre la cavidad alborotada de mi abdomen. Sentir su sexo de una manera tan real despertó en mi mente mil y una fantasías.
Mil y una fantasías que me arrastraron, liberándome de cualquier idea que pudiera obstaculizar mi placer. Por eso, mis manos buscaron su sexo… Comencé acariciándolo con suavidad, con cierto pudor, pero Santi no pudo contener el placer que le provocaban mis caricias y eso me dio seguridad para tocar su sexo con más firmeza: acaricié una y otra vez su miembro hasta que estas caricias generaron en mí una necesidad de sentir su miembro en el interior de mi boca. Me deslicé, entonces, por el interior del saco hasta quedar a la altura de su sexo y lo introduje en mi boca. Me llené de aquel sabor tan especial que emanaba de su miembro y mi placer se inervó todavía más.
Lamí su sexo como un gato lame la leche de su plato, pues lo deseaba. Le deseaba como nunca hubiese imaginado que podría desearse. Sentí que amaba aquella parte de él, tanto como el resto de su cuerpo. Jugué con su sexo: tomé su glande y lo paseé por mi rostro, por la punta de mi nariz; lo pellizqué suavemente con la punta de mis dedos, con mimo y con cariño; lo acuné entre mi barbilla y mi hombro y descubrí el placer de aquel juego… Sentí como el cuerpo de Santi se quebraba de tanto placer, de tanto éxtasis, y cuando sus brazos se deslizaron por el interior del saco para indicarme que subiera y me colocara sobre él, me alcé besando y recorriendo, con mis labios y mi lengua, toda la piel de su cuerpo. Descubrí así, el movimiento agitado de su pecho, el temblor de su cuerpo, de sus manos y el latido contundente del corazón en su cuello. Experimenté entonces, un deseo vampírico de besar su cuello y así lo hice, provocando en Santi un autentico escalofrió que hasta yo misma pude sentir. “Ponte sobre mí, necesito sentirte, necesito llenarte… deseo perderme en tu interior… deseo tu calor… te amo, Eli… ponte sobre mí… quiero dártelo todo”- me dijo en un susurro. Un susurro lleno de placer, lleno de éxtasis contenido, un susurro que estremeció todo mi cuerpo y nubló, por completo, mi razón. Hechizada por sus palabras me situé sobre él e introduje su sexo en el mío.
Fue un instante indescriptible, del que se desprendió un calor intenso y devastador que paralizó mi cuerpo y mi movimiento. Durante unos minutos permanecí quieta sobre él, tan solo sintiendo su sexo dentro del mío. Tras ese instante, en el que la situación me paralizó, comencé a moverme. Me movía sobre su miembro como una bailarina árabe realizando la danza del vientre. En ese momento los dos formábamos un mismo cuerpo, una unión total. “Te amo, Eli, te amo” dijo Santi justo antes de que nuestros cuerpos estallaran de puro placer si importarnos que Jaime y Ana se despertaran…….. ;
Helen
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