Una mañana mi esposa me llama por teléfono y me dice que fuera para la casa urgente pues me tenía una sorpresa imprevista de última hora. Como de costumbre ante estas llamadas de lujuria, dejé todo lo que estaba haciendo, le inventé alguna excusa a mi socio y fui volando para casa.
Mientras aparcaba vi que ya ella estaba en casa. Dejé la moto en la cochera y me fui directamente a nuestra habitación donde ya me esperaba.
Me sorprendió verla vestida tal cual había salido en la mañana para su oficina, solo que llevaba una fina blusa blanca de seda que era un escándalo. Se trasparentaba perfectamente dejando ver su piel, su sujetador y reproduciendo fielmente la linda forma de sus pequeños pero exquisitos y bien formados senos.
Entonces le pregunté por aquella blusa pero con un gesto desenfadado y un poco de prisa señaló el armario que tenemos a un costado de la cama, ordenándome que me ocultara allí y advirtiéndome que bajo ningún concepto saliese de él.
En ese momento sentí que llamaban a la puerta, con lo que obedecí de prisa su orden.
Mientras tanto mi mujer con su rítmico taconeo fue y abrió la puerta, escuchaba voces, pero no alcanzaba a distinguirlas bien, entre los nervios y el estar dentro de un armario sin saber para qué, lo único que escuchaba eran los latidos de mi acelerado corazón.
Pasados unos pocos pero largos e interminables segundos pude oír su voz acercándose cada vez mas, caminaba hacia nuestra habitación, mientras ya podía verla por la rendija de la puerta del armario, la seguía una persona, que para mi sorpresa resultó ser una joven amiga nuestra de Zamora que pasaba unos días con su esposo en nuestra ciudad.
Yo en mi nicho me acomodaba, prácticamente no podía moverme, todo estaba oscuro dentro de aquel armario y me daba mucho miedo moverme y ser descubierto.
Por mi rendija podía verlas, mi mujer estaba sentada en el borde de la cama de frente hacia mí, la chica, también sentada en el borde de la cama pero de frente a mi mujer, por lo que yo solo podía apreciar su espalda y parte de su pomposo culo.
Mi mujer la había invitado hasta nuestra habitación para mostrarle algunas compras que había hecho en las rebajas, bolsas esparcidas por encima de la cama era todo lo que podía ver en estos momentos, en fin, cosas de mujeres.
Sus temas de conversación eran cada vez mas banales y faltos de morbo, cuando ya empezaba a relajarme escuché como su invitada fijándose en la blusa de mi mujer le preguntó si no le daba “cosa” andar con una blusa casi transparente. Con una linda sonrisa, mi chica le respondió que debido al calor del verano en nuestra ciudad las gentes buscaban ropa muy fresca para aliviar tanto bochorno.
Nuestra amiga, con la mirada fija en los senos de mi mujer dijo: me gusta tu blusa, pero yo tengo las tetas muy grandes, creo que no me atrevería a salir así a la calle, aunque no te voy a negar que me daría cierto morbillo sentir como me miran los hombres.
Mi mujer al sentir que la tenía en su terreno le dijo: a mi me encanta que me miren, me gusta sentirme deseada, me hace sentir orgullosa de mi cuerpo y de mi misma, siempre que puedo uso ropa atrevida y escotes de infarto, además me encanta mostrar mis piernas. Mientras mi mujer hablaba ella sin disimulo le miraba los senos, de momento comenzó con una risa nerviosa señalando los pechos de mi mujer. La verdad era de risa, pues aquellos pezones relucían por encima del ajustador y de la blusa. En un momento las dos reían como adolescentes, pero en un descuido mi esposa rozó levemente uno de los senos a nuestra amiga, ella abrió los ojos en señal de asombro, pero la respuesta de sus pezones a la caricia la delató y entonces continuaron riendo y mirándose la una a la otra.
Mi esposa aprovechó la situación para explicarle que sus senos eran una de las zonas más erógena de su cuerpo, que disfrutaba mucho cuando se los acariciaban, mientras le decía esto se aflojaba un poquitín las correas del sujetador por encima de la blusa con el pretexto de que le molestaba en los pezones debido a la excitación.
Nuestra amiga, visiblemente nerviosa, comenzó a decir que su marido había cambiado mucho últimamente y ya no le prestaba atención. El chico se portaba como un animal, solo quería llegar a la cama, tener sexo y saciarse ignorando que ella también quería disfrutar.
Mi esposa haciendo gala de su maestría en este tipo de conversaciones comenzó a recitarle algunos consejos de cómo hacer para disfrutar un poco mas del sexo en la pareja. Atentamente nuestra amiga le escuchaba, se le notaba tremendamente excitada con aquella detallada explicación, inconscientemente se mordía los labios de la excitación.
Entonces dijo que se iba a liberar un poco la cinta de su sujetador tal como había hecho antes mi mujer, pues ahora la excitada era ella, en esta maniobra y sin decir nada se abrió la blusa y casi se sacó del todo el sujetador, dejando intencionalmente casi al descubierto un buen par de duras y firmes tetas.
Desde mi ángulo solo podía ver la cara de mi mujer, que quedó inmóvil, perpleja delante de aquella blusa abierta y unas tetas coronadas por unos pezones que desafiaban al sujetador. Sin mediar palabra y siguiendo un reflejo, mi mujer puso una mano en cada una de ellas, primero tímidamente, como si intentase cubrirlos, para luego suavemente apretarlos dejarlos completamente desnudos.
Acto seguido y sin retirar sus manitas acercó su boca al cuello de nuestra invitada, y este fue el primero de un millón de besos que ambas partes repartieron por sus cuerpos, las vi disfrutar como si se desearan de siempre, cerrando sus ojos y trasladándose a otro planeta, al planeta del placer, del sentir, del sexo.
En un momento eran dos cuerpos desnudos rodando por mi cama, se besaban, se chupaban, lamían, mordisqueaban y un sin fin de cosas mas por las que me moría de envidia. Se tenían mutuas ganas, y se disfrutaban la una a la otra.
Los instantes se me pasaban volando, era como una peli, no podía creer lo que estaba viendo, mi miembro quería reventar, sentía que mis huevos habían desaparecido dentro de mi cuerpo y colaboraban empujando a mi sexo para que se empinara más y mas como la lanza de un guerrero.
Nuestra invitada con maestría reciprocaba cada una de las caricias que recibía, ahora se concentraba en los senos de mi chica, luego bajaba entre ellos siguiendo la dirección de unas gotitas de sudor que la guiaban hasta el vientre de mi chica, pasando por un monte depilado y uniendo labios con labios, unos horizontales y protuberantes, y otros verticales y carnosos, su boca y el sexo de mi mujer. Con un gusto inmenso daba buena cuenta del rojo y sediento sexo de mi mujer, húmedo, hinchado y rico.
Yo por mi parte casi me corría, aguantaba un poco mi leche, intentaba retrasar el momento de mi corrida, quería continuar disfrutando de aquella vista que mi mujer me regalaba a escondidas de nuestra invitada. Mientras ellas se recorrían, una y otra vez entre gemidos, quejidos y orgasmos, era algo capaz de superar toda mi imaginación y todas mis fantasías.
Tendidas en un clásico 69 mi mujer no apartaba su boca del sexo de su presa, alguna vez lo dejaba al descubierto y entonces yo podía ver un sexo rojo y brilloso, luego lo hacía desaparecer hundiendo su cara y su lengua en aquella pulpa carnosa. La otra entonces gemía, chillaba, suspiraba, se corría.
Mi leche salía, me costaba retenerla un poco mas, una suculenta gota coronaba el agujero de mi sexo y yo me la apretaba desde la base, bien pegado a los huevos para evitar que continuara saliendo, sé por las muchas experiencias que hemos vivido mi mujer y yo en nuestras fantasías, que luego tendría que follármela como un campeón para satisfacerle, por eso intentaba retener mi leche, por eso agarraba fuerte mi sexo como se agarra la empuñadura de un hacha.
Ellas continuaban disfrutando, disfrutaban, disfrutaban mucho, se intercambiaban caricias y posiciones.
Mientras, a oscuras me masturbaba, escuché decir a mi mujer su frase clásica: “ahora quiero correrme yo”, y colocó a nuestra amiga boca arriba con las piernas bien abiertas, insertó sus piernas entre las de esta, dejando sus ricos y húmedos sexos uno frente al otro, rozaban sus sexos como si estuviesen poseídas, como la escena mas rica y sensual que he visto y sentido en toda mi vida. Pasados unos pocos minutos unos espasmos tremendos dominaban todo el cuerpo de mi mujer, con unas ondas que la recorrían de la cabeza a los pies, haciéndola vibrar casi al limite de lo físicamente posible, se corrió como nunca la había visto, su cuerpo se tensaba, sus puños se cerraban, los dedos de los pies se le engurruñaban fuertemente y su cara y sus tetas se enrojecían por la presión de la sangre que recorría su cuerpo sin dejar ni un rincón al margen del intenso placer que estaba sintiendo.
Yo por supuesto, demás está decirlo, no pude mas, no pude contener mi flujo, no pude resistirme al placer de correrme viéndolas disfrutar de aquel modo, viéndole en el clímax de su sexo, y emanó de mi interior un río interminable de leche: un río que me exprimió los huevos, que me dejó inmerso en un profundo placer, no sé si no hice ruidos o es que ellas no podían escucharme por lo absortas que estaban mientras disfrutaban de sus orgasmos, pero lo que si sé es que estuve en aquel armario casi veinte minutos mas con un intenso olor a semen y casi semi inconsciente. Fue el tiempo necesario para verlas vestirse sin decir ni media palabra, sin siquiera mirarse a la cara, como si sintiesen vergüenza de lo que habían vivido. Luego desaparecieron hasta muy entrada la tarde que apareció mi esposa como si nada hubiese pasado.
De lo vivido a posteriori con mi mujer y de todas nuestras conversaciones al respecto, les contaré mas adelante, todavía tengo muy presente este hecho, así que lo disfrutaré un poco más, y aprovecho para compartirlo con todos vosotros.
Autor: Alejandro Garcia